jueves, febrero 17, 2011

Obsesivo-compulsivo


Era mi primer trabajo oficial. Recién estaba entrando a la Universidad, y ya tenía horario de trabajo en una tienda de revelado de fotografías. Ahí me la pasaba entre los clientes, el olor a químicos, y la sorpresa de ver una foto revelada.

Una tarde llegó él, con su uniforme de salonero y su sonrisa de galán, a sacar fotocopias de su cédula de identidad y otros documentos. Sus ojos color miel me miraron de arriba a abajo. Bastó para que a partir de ese momento empezara a hacerme visitas regulares a mi trabajo.

Me invitaba al food court, me regalaba peluches, me contaba sus historias y me invadía con su perfume. Era muy insistente, y yo realmente no quería nada con él. ¿Por qué entonces no le decía que no y ya? Creo que por falta de labia. Lo cierto es que un día me cansé y renuncié para no tener que soportar más su acoso. La administradora de la tienda me dijo que lo hubiera solucionado con contárselo a mi jefe, para que él no me buscara más. El caso es que yo había matriculado tantas materias en la U que ya no daba a vasto.

La historia no termina ahí, y es que fue capaz de ir a buscarme a la Universidad y de dar conmigo, aunque se equivocó de carrera, porque, aunque yo aspiraba a estudiar Psicología, estaba en Comunicación, dado que -afortunadamente- no pasé la prueba psicométrica. Se hizo amigo de una chica que ahora es psicóloga, y le contó su drama hasta que logró conmoverla y dar con mi alma.

Me buscaba después de clases. Yo no almorzaba escuchando sus requiebros amorosos. Llegaba a mi casa a las 4 de la tarde sin comer y empecé a padecer de sueño. Hasta de pie me quedaba dormida. Mis papás tuvieron que comprarme vitaminas porque no había forma de mantenerme despierta.

Pero por más dormida que estuviera, no me logró engañar con los poemas que me dedicaba, según él, de su autoría, pero originalmente escritos por Neruda y Benedetti. Tampoco caí en su trampa, hasta que, tras ocho meses de ruegos, un día decidí ceder y lo llamé a su casa -por entonces no habían celulares.

Iniciamos un idilio que duró poco más de un mes. Recuerdo que una vez nos echaron de un café, porque nuestros besos no eran precisamente los más decorosos, y casualmente las paredes dictaban que no se permitían escenas amorosas... Intensos sí éramos, y en todo el sentido de la palabra, aunque yo aún era virgen, y lo seguí siendo hasta que llegó mi siguiente novio.

Un día se le metió el agua - no hay otra forma de explicarlo-, decidió volver con su ex novia y literalmente me devolvió los peluches. Mi bolsa era pequeña. La suya era en cambio una bolsa extra grande de esas de basura. Hicimos el canje a través de un amigo en común y cada quien por su lado.

Años después me lo topé en una soda muy famosa de Paseo Colón, trabajando como salonero. Me pidió perdón mirándome a los ojos y de nuevo cada quien siguió su camino.

3 comentarios:

Noctámbulo Desesperado dijo...

Supongo que la historia insinuada en el sétimo párrafo, vendrá pronto, en un post de lujo? Más allá del morbo es que me encanta leerte, rompes con los esquemas de cualquier escrito clandestino.

Gracias!

Noctámbulo Desesperado dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Muy leíble, esa prosa.