lunes, septiembre 17, 2012

Soñando despierta

¿Cómo nos imagino? Juntas. Vos jugando en la arena, yo viendo el reflejo del Mar en tus cabellos. Yo dándole forma a mis palabras en hojas de papel, vos corriendo hacia mi. Las dos bailando, soltándonos el cabello, girando con las manos entrelazadas. Vos arrullándote en mi regazo, yo contándote cuentos de sirenas y piratas. Y el tiempo nuestro, colmándonos de frutas frescas, construyendo castillos de arena, haciendo coronas de flores, tendiéndonos en una cama almidonada al caer la noche y contando las estrellas.


Vos y yo. Te esperé tanto. Y ahora que estás aquí, sólo quiero estar con vos. Enseñarte el mundo, lo bella que es la Vida, lo que nos ofrece la Pachamama, y lo bien que la vamos a pasar juntas.

jueves, agosto 30, 2012

Desde la guarida de la loba



Adentro, una tiene tiempo para hornear las ideas, para cocinar las preguntas, para pensar los lobos junto a los cuales ha corrido bosques y desiertos.

Adentro, el corazón crece con levadura, la sangre se convierte en leche, el cuerpo toma forma de vasija de barro.

Adentro, se ven la luz del Sol y la Luna caer, las estrellas brillan en sus pequeños ojos, sus manos son mariposas desenvolviendo sus alas.

Adentro, nos entendemos en nuestro lenguaje inventado, la intuición brota como el sentido que había estaba dormido y sonreímos con la piel.

Adentro, somos un prendedor en nuestra cama, compartimos el algodón de nuestros sueños, y nos despertamos recordando de dónde venimos.

miércoles, agosto 15, 2012

Desde ese lugar

Desde ese lugar al que te escapás a jugar con los ángeles y las mariposas, a hablar con los espíritus de tus vidas pasadas, recuerdo esa otra parte de vos que ríe, que sueña, que atravieza el continente por amor, y por amor permanece a mi lado mi Vida entera, sorprendiéndome con las creaciones que salen de sus manos, en forma de galletas o animalitos de fieltro.

Extraño tu risa, tu espontaneidad, y trato de entender tu mutismo, añorando que volvás desde ese lugar... Yo que visité el mío propio, sigo sintiéndome impotente cada vez que te veo partir. Sigo sin saber qué decir, qué hacer. Quizás sólo deba compartir tu silencio...

martes, agosto 14, 2012

martes, mayo 08, 2012

El hospital



Unos ojitos achinados, "un cinco de boca y un cinco de nariz", la piel blanca como yuca y mucho, mucho pelo, finito, eso sí, como pelo de maíz. En lo único que se parecía a mi era en el largo de los dedos de las manos y de los pies.

Amamantarla en primera instancia no pareció difícil: se prendió bien, no dolió tanto y salió el esperado calostro.   Además tuve la suerte de que me explicara una enfermera de las buenas. De las buenas, sí, y lamento decir que de las pocas buenas...





Era la primera vez en mis 33 años de Vida que me operaban, y por lo tanto la primera vez que no tenía control sobre mi cuerpo. El dolor de una herida de cesárea es punzante, y arde, como el fuego. Para moverme tenía que arrastrarme, y levantarme era un martirio. Sin embargo, las enfermeras nos instaban a hacerlo con premura, y a caminar para que sanara la herida. No fueron amables. Mucho menos consideradas. Recuerdo una vez que dos de ellas conversaban frente a mi sobre un producto para las uñas. Una le decía a la otra que no estaba segura para qué era, porque las instrucciones estaban en inglés. Agotada por el esfuerzo de levantarme sin éxito, les dije: - Vean, si quieren me lo traen y se los traduzco, pero por favor ayúdenme a levantarme. Pregúntenme si me ayudaron...

Una de las mujeres que estaba en la sala se ganó mi admiración y respeto. Había tenido siete hijos por parto vaginal, y tenía mucha más disposición y entrega para ayudarnos que muchas de las enfermeras que trabajan en el Hospital de Alajuela. Ella corría de un lado al otro, ayudándonos a levantar o bajar las camillas, alcanzándonos lo que necesitábamos o ayudándonos con nuestros bebés. Yo era la única primeriza de la sala, y, sin embargo, tenía la sensación de que el personal médico me veía con cierta indiferencia...

- Tiene que amamantarla cada dos horas.
- ¡Pero está dormida!
- Tiene que despertarla.

Yo seguía drogada y sin fuerzas para enderezarme y darle de mamar. Le dieron fórmula desde la primera vez. No fue mi leche su primer alimento, y se la llevaron nuevamente para alimentarla con fórmula, y nuevamente tardaron en devolvérmela. Luego fue difícil darle de mamar. Ya no se prendía al pecho, lloraba mucho, o se me quedaba dormida... ¡y dolía! Waleska acudió a mi rescate, pero aún con su generosa ayuda fue difícil: la beba sólo aceptaba una posición para mamar, lloraba mucho y no se prendía bien. Ella intentó sugerirme otras posiciones, y estábamos probando cuando llegó una enfermera a interrumpir y a cuestionar a Waleska. Ella le explicó que era líder de la Liga de la Leche, y que estaba ahí para ayudarme, y logró que nos dejara en paz.

Doce horas sin comer después de la operación es una de las reglas, y eso sin tomar en cuenta que había tenido tres noches de labor de parto prácticamente sin comer y vomitando todo lo que consumía. Comí al quinto día. Estaba agotada, sin fuerzas, drogada y sin esperanzas de obtener energía pronto.

Recuerdo la primera vez que me bañé después de la operación. Otra enfermera me acompañó a la ducha. Hubiera preferido arrastrarme sola: - Camine, camine derecho, parece el patito feo. Quien ha tenido una cesárea, sabe lo difícil que es enderezarse con el dolor de la herida y el peso del abdomen sobre esta.

No fue la única vez en la que mi vanidad se vio herida. Una pediatra (sí, una pediatra, ya no una enfermera), me dijo con una sonrisa burlona, mientras miraba mi abdomen: - Parece que hay otro bebé ahí adentro.

Y parece que entre el personal médico, ya todos sabían sobre mi "casito", porque una madrugada, otra de las enfermeras me dijo, refiriéndose a mi beba: - ¿Y usted pretendía parir esto? (mi beba midió 52 centímetros y pesó 4060 gramos al nacer, y mi deseo más profundo había sido tener parto natural).

¿Que si les respondí como debía? No, me contuve. Me contuve porque me lo había advertido mi madre. Y es que contestarles me traería más conflictos. Pero si algo tuve claro en mi embarazo, es que mi razón de ser es comunicar. Y no puedo dejar pasar mi experiencia, porque estoy segura de no ser la única paciente a la que este personal médico ha tratado mal, cuando lo que más necesita una es de su apoyo, colaboración y entrega. Mónica, mi partera, leyó en una pared del Hospital de Alajuela, cómo este hospital describe su compromiso con la madre y el bebé, a través de derechos internacionales que evidentemente no se ponen en práctica en este centro de salud. Al cumplir mis 48 horas después de la cesárea, no pude más que respirar con alivio, y  sentirme libre de compartir con el regalo más precioso que me dio la Vida, y de enfrentar lo que significaba ser madre sin sentirme menospreciada por mi inexperiencia o por mi condición de recién operada.



jueves, mayo 03, 2012

Untitled #1 / Vaka - Sigur Rós

viernes, abril 06, 2012

El parto

- ¡Andá buscando dónde te vas a ir!
- ¡Lo voy a hacer, lo voy a hacer! ¡Dame chance que la beba nazca y que pase la cuarentena!

Indignada, le deseé que se le multiplicara todo lo malo que me estaba deseando. Me sentía impotente, hervía de cólera. No podía creer que mi padre se comportara así con su única hija justo antes de dar a luz. No había sentido señales de ninguna contracción, y temía que ese ambiente tenso que domina mi casa, no me permitiera sentirlas. Una vez que se fue, revisé la lista de contactos en mi celular, preguntándome cuál de mis amigos me podría sacar de ahí. Afortunadamente lo tenía casi todo preparado, por si surgía una emergencia, así que no me demoré mucho tiempo en estar lista. Debía aprovechar el tiempo que mi padre tardaría en ir y regresar del supermercado, para evitar más conflictos. Y lo logré. Justo cuando el carro rojo de mi amiga salía de la calle de mi barrio, mi padre estaba llegando por la acera de enfrente...

Lloré, lloré todo lo que pude mientras el Rescue hacía su trabajo de drogarme y tranquilizarme al mismo tiempo. Lo que más me dolió fue separarme de mi madre. Sentí como si me destetaran, o algo así. No podía revelarle mis planes a nadie, ni siquiera a ella, precisamente porque se pondría más nerviosa. Me cuidé de reservármelo hasta el último momento, tal y como ella me lo recomendó tantas veces con respecto a otras situaciones de mi Vida... Lloré todo el día. Lloré, dormí y deambulé todo el dìa. Y nuevamente lloré. Me sentí huérfana, sin miedo a exagerar. Cayó la tarde y finalmente nos fuimos a la casa de una de las hadas madrinas de Ambar: la más hada de sus madrinas. Estaría ahí hasta que iniciara labor de parto.

No tuve que esperar mucho. Entre las cicatrices que dejaron mis lágrimas, la Luna asomándose a través del zinc, y los gatos del hada madrina compitiendo por compartir el calor de mi cama me despertó en la madrugada el "tapón": la primera señal de que pronto empezaría mi labor de parto. Y no quedó más que esperar que el Sol anunciara el día. Los dolores llegaron en la tarde del 14 de febrero, silenciados por la que resultó ser la mejor cuenta cuentos: estaba tan ensimismada en las historias románticas de la "señora de la casa" que los dolores tomaron un papel extra en medio de su película. No quería interrumpirla por nada del mundo, y cuando finalmente le avisé, me percaté de que lo hacía con el fin de que yo me distrajera. ¡Las brujas y sus estrategias! Prendió incienso en su altar, y le dimos una bienvenida espiritual a Ámbar.

Al crepúsculo yo ya me sentía lista, pero a mi partera le aterrorizaba el tráfico de la hora pico, así que yo con mi determinación -que no le llamaremos terquedad- preferí pagarle a mi taxista el viaje hasta Alajuela: no quería hacer ese viaje con las contracciones en su máximo apogeo. Y no me equivoqué: esa misma noche, mientras muchos enamorados estarían en media cena romántica, empezó mi labor de parto. Poco después mi "Dream Team" tuvo que trasladarse a Alajuela. Lo llamo así porque no cualquiera cuenta con una enfermera obstetra y tres doulas para atenderla. Una de ellas, filmaría todo el proceso. Mi parto sería un parto en casa -o al menos así lo habíamos planeado.

Aquí es donde la realidad se mezcla con el surrealismo, porque sólo una mujer que haya parido, sabe de lo que estoy hablando. A pesar de que han pasado unas pocas semanas, algunos detalles los rescata mi memoria y otros se escaparon a otro cuento. Recuerdo haber visto a mis mujeres dormidas en los sillones, comiendo deliciosamente las creaciones del padrino de Ámbar, charlando y riendo, como si estuvieran en otro canal. Pero bueno, esto se podría interpretar como que no me ayudaron, y eso sería una injusta mentira. Se turnaron. Se turnaron para apoyarme en cada contracción. Por alguna razón no quería estar sola. En ningún momento. Menos durante una contracción. Cada una desempeñó un papel muy importante. Waleska era como la Madre Tierra, la parte física, la fuerza. Tzila era un hada de aire, la parte emocional y espiritual. Clea era agua, la parte técnica, movilizándose de un lado al otro con su cámara, capaz de dejarla a un lado para consolarme. Y Mónica era fuego, la parte mental, y la que sabía qué se debía hacer en el momento correcto. Por algo era mi partera. Unas lobas, diría Arturo. Y esa energía se quedó en su casa cuando ya se habían ido.

Rondé por toda la casa, y a todas horas, gritando mis mantras: Aaaaaa, Ooooooooo, Rrrrrrrrrraaaaaaaa, a veces desnuda y otras semi desnuda. A esas alturas ya no me importaba. Vomitaba todo cuanto me llevaba a la boca (y eso que limité mi dieta a frutas y granola). Así que me perdí de todas las delicias que Arturo preparó, y que en otro momento hubiera pedido repetición. De fondo, sonaba el soundtrack que había preparado cuidadosamente para la ocasión. Muy en el fondo.

La segunda noche estaba agotada. Agotada es poco. Mi equipo se reunió frente a mi y me pidió seriamente que pusiera de mi parte. ¿Algún bloqueo? Es posible. Puede que bajara el ritmo, pero nunca me detuve. La piscina inflable se infló por inspiración de McGiver -le faltaba una pieza- y pude relajarme un poco. Parte del plan era tener a mi beba como pez en el agua.

Cuando el Sol vio venir el segundo día, aceleré. No sé de dónde saqué energía. Probablemente se lo debo a los espíritus de mi bisabuela partera y de mi abuela, que me acompañaban desde sus fotografías blanco y negro, en el altar que preparé para la ocasión. Lo intentamos todo: bailé belly dance en compañía de Tzila, bajé y subí gradas, caminé, me pararon de manos, me ayudaron a hacer la postura de la vela, y nada... la beba seguía cómodamente flotando en su líquido amniótico. Mónica me había hecho un tacto y creía que Ámbar tenía la cabecita de lado. Por eso su intención era descolocarla y volverla a colocar en el canal de parto.

A la tercera noche, cuando ya hace rato había apagado mi celular para no dar razones por "el atraso", hubo nuevamente quórum para comunicarme que lo mejor sería ir al hospital. Justo lo que no quería. Afortunadamente mi plan B estaba listo, a pesar del atraso burocrático que me tocó pasar, y de las peleas que me tocó librar. Como dice Waleska, eso no fue nada comparado con el hecho de haber resuelto todo con la CCSS, para preveer un parto en hospital. Yo había preparado un documento, con la lista de todas las cosas que no quería que me practicaran, firmado por mi prima la abogada, esperando poder apoyarme en él. Se quedó en el bolso que no permitieron entrar, guardado en el carro de Mónica, ¡qué decepción! Fue un gran alivio que Mónica fuera enfermera obstetra, porque con su carné, le permitieron acompañarme. Sin ella no sé qué hubiera hecho. Era mi canal a tierra, ya que cada vez estaba más y más lejos. Nuestro primer contacto con el personal del hospital fue gratificante. Con la mala suerte de que el que nos recibió acababa su turno. Le tocó el turno a una mujer. Una mujer que se supone debía ser más solidaria con nosotras. Mónica empezó a comentarle sobre los nuevos derechos de las  madres en labor de parto. Al principio pareció seguirnos la corriente, luego empezó a llevarnos la contraria. Y fue molesto. Sobretodo para Mónica, quien, repito, estaba más conectada con la realidad. Lo bueno fue que, como estaba molesta, nos dejó tiempo a solas para probar distintas posturas, para medir los latidos de la beba y hacerme el tacto.

Ya era de madrugada cuando la enfermera a cargo desesperó. Decía cosas como que yo no sabía pujar. Y repito, de no haber estado Mónica conmigo, mi autoconfianza se hubiera ido por el desagüadero. Era mi primera vez. ¿Cómo saber si lo estaba haciendo bien o no? (y resulta que sí lo estaba haciendo bien). Empezaron todos los procedimientos que yo no quería para mi: suero, oxitocina artificial, forzar la dilatación (yo había dilatado siete centímetros cuando llegué al hospital). Su paciencia llegó al borde y ordenó cesárea. ¿Podía ser peor? Sí. La oxitocina artificial hace que las contracciones sean más seguidas y dolorosas. Recuerdo haber estado pujando desesperadamente mientras me conducían en una camilla a la sala de operaciones para practicarme la cesárea. Era absurdo. Mónica me dijo en algún momento: ¿te imaginás que nazca de camino? Nada me hubiera gustado más.

Pero la lista de cosas no deseadas no terminaba allí. Llegamos a la sala y la enfermera le dijo al doctor: - Aquí están las del "casito" que le comenté... Mónica no podría acompañarme: tendría que esperar. Me levantaron la espalda, me inyectaron la epidural y me sumí en un sueño profundo producto del cansancio de tres noches sin dormir y de la anestesia. Por fortuna, mi instinto me hizo despertarme a tiempo para escuchar el primer llanto de mi beba. Me la acercaron así, tal cuál salió, cubierta de una sustancia blanquecina mezclada con sangre y... pude besar su frente. Pedí que la pusieran en mi pecho, pero con todo aquel montón de chunches que tenía encima era prácticamente imposible. Decepcionada, vi cómo la lista de cosas que no quería no llegaba a su fin: cortaron su cordón umbilical de inmediato, la midieron, la pesaron, la manipularon y la limpiaron, mientras lloraba lejos de mi pecho (ni qué decir de mi placenta: no llegué ni a verla). Me la acercaron una segunda vez, ya limpiecita, y pude besarla nuevamente en la frente. Sentí cómo me manipulaban mientras me cosían, y pronto empecé a sentir el frío de la habitación. No titiritaba: brincaba de frío. Y el frío siguió acompañándome aún cuando me sacaron de esa sala. Pedí ver a mi beba, y me contestaron que me la llevarían en cuanto me recuperara. Y es que estaba drogada por la anestesia.

Seis horas de desesperada espera pasaron hasta que la pude tener entre mis brazos. Hubiera deseado describir una mágica escena, pero la verdad es que aún estaba drogada y adolorida cuando la recibí. Lo que puedo asegurar es que nunca he visto nada más hermoso.




domingo, marzo 04, 2012

domingo, febrero 05, 2012

Maria Bethânia - Âmbar

miércoles, enero 25, 2012

Muda de palabras



A veces me quedo muda de palabras.
A veces las palabras se las lleva el viento.
A veces mis musas se sientan a peinarse los cabellos,
y no están para escuchar ni mis silencios.




A veces siento ganas de llorar,
aunque no tenga agua por dentro.
A veces, sin decir cómo, dónde ni cuándo,
me apagan la luz,
me cortan el teléfono,
y la telepatía.

A veces quiero congelar instantes,
a veces me congelo en el tiempo.
 

Abuela, Madre, Doncella


© Amy Swagman, 2010 - www.themandalajourney.com

viernes, enero 20, 2012

Soul on Fire

by Tom Peifer


“So fine, yeah, send those chills up and down my spine.”

Transitions seem to draw our attention in myriad ways. Sunsets. The multi-colored leaves of autumn in some climes. The first rains and ensuing rebirth of green across the fields and forests of Guanacaste. We seem transfixed by all, even reveling in the symbolic death and birth of the man made unit called a year on our calendar. I guess it’s as good an excuse as any to roll up the rug and put on your dancing shoes. Along with a couple hundred other lucky souls, I surfed into 2012 at Hotel Playa Negra, swept along on pulsating river of R&B music, courtesy of Miss Sasha Campbell and the Groovemakers.




Faithful readers of the Howler may remember an interview I did with Sasha several years back, after she sang at the wedding of some friends in the same venue, under the same palm thatched rancho. (See “Distant Soul”, The Howler ???) At the time, transition was the name of the game for the young struggling artist and single mother. But, looking back, it seems that life was gearing up to deliver a much heavier dose.

At first, it appeared that the stars were aligning and her career was going into orbit. Talent recognized, contracts signed and she disappeared from the local scene to sing at the legendary House of Blues on the Sunset Strip. Ever farther from my favorite musical muse, I’d get the occasional photo of Sasha in the back of a limo, on her way to sing at events like the after-hours party of the Grammy awards. As it turns out, the bright lights and big city unleashed the darker side of the force that knocked her rising star out of orbit and back down to a ‘hard landing’ on a cold, unfriendly planet.

‘Something’ about managers, publicists, contracts and the jive world of corporate reality that never enters your mind when you are humming a tune, swaying to the beat and experiencing the primal allure of rhythm. She returned to Costa Rica literally with her tail feathers between her legs, reputation in tatters, shunned by former associates and soured on the whole idea of singing again. On one visit to the restorative waters of our deserted beaches near my humble abode she deferred from explaining the juicy details of what exactly had gone down. Her priority was to spend time with her growing daughter at the beach and just chill out, no doubt building up the will to move ahead, to open new doors and scale new heights. Little did I know just how quickly this Phoenix would arise from the ashes.

OK, granted, it has been a couple of years. Many of us know how fast that goes, mired as we are in the slower pace of life in rural Guanacaste. Over the course of a couple of cycles here in the wet-dry life zone, Sasha bounced back. In a big way.

Supported by a steady gig on the popular morning show Buen Dia, she was getting together and rehearsing non-stop with a new group of musicians. Having reclaimed her spot in the lineup at the venerable Jazz Café, she began to add new venues on a regular basis. Since my trips to San Jose are few and far between, Facebook became our main means of regular contact. Then a week or so before Christmas, in the little square chat box on FB, she dropped the bomb: “I’m coming with my musicians.”

OK, it was true that a kick-back visit had been agreed upon for a couple of months. It’s easy to appreciate the need for a little R&R from life in the fast lane. But this was turning out to be a bit more than I had bargained for. I started imagining a highly amplified rendition of “Purple Haze all in my brain…” booming out of my visitors cabina until the wee hours, scaring off the wildlife, outraging my neighbors and keeping the tormented host in a state of bleary eyed insomnia. God, I’d even needed to buy more sheets and mattresses. I hit the anti-anxiety pills and waited for my pulse to slow down.

Worse, I had no further recourse to get explanations, negotiate, nada, because the truncated exchange had taken place in the wee hours just before my Facebook friend went live on the AM show. As the Xanax kicked in and the smoke curled into the airspace overhead, I had a bit of an insight into my own psychological quirks: Paranoia and projection sometimes block the creative thoughts that produce positive results. When the cerebral tectonics went quiescent for a spell, a hunch rose out of the subconscious magma and I called Lito Fernandez, the owner of Hotel Playa Negra.

Just because my thought processes had calmed down that did not mean that Lito’s had woken up. After telling him that Sasha was coming with her ensemble and confirming that he had yet to sign a group for the annual New Year’s party, he politely suggested that a cup of coffee would do him well in order to ponder the possibilities. I made the hand-off, put them in touch on-line and hoped for the best. Over the next few hours they cut a deal. I headed off to buy more sheets after receiving the next cryptic message on FB: “We are 12 in all…”

All in all, during the few days between Christmas and New Years, I saw a lot more of the fiestas in Paraiso than my show biz visitors from San Jose. They were perfectly content to focus on the beach and relaxation during the heat of day. Meanwhile, I was keeping plants watered and reacquainting myself with the soothing virtues of alcohol after a nine-year dry spell.

Given all the goings-on, the big night sort of snuck up quietly on everybody. From a ringside seat under the rancho at Lito’s, I could sense the growing anticipation as Doña Diva took her sweet time getting into position with her band. The rest, as they say, is history.

As the house lights dimmed a sort of middle-eastern tune came on over the sound system. Perhaps a second or two of uncertainty in the crowd before we were dazzled with the sinuous belly dance by Cristibel Leandro who twirled with flaming torches around the dance floor. It was a spectacular opening but I got the impression that the crowd was a bit mystified as to the exact genre of the ensuing presentation.

The slow, staccato, snare drum lead-in to the pulsing, funky and all-too-familiar bass chords of that Stevie Wonder classic, Superstition, banished any doubt that soul music had indeed returned to Playa Negra. Big Time. Heads started bobbing to the beat and I got more than a few nods and smiles from friends as the reality began to sink in that we were set for one hell of a show. Halfway through the second number, my friend Matt—an accomplished keyboard and marimba player–nudged me and remarked: “the guy on piano is super hot.” A few songs later he admitted: “I was wrong, he was only warming up…”

As the evening wore on, we were treated to more mesmerizing dance routines by both Cristibel and the lithe and lovely Ruth Fonseca. But nothing could overshadow the dominant voice and the tight arrangements of Sasha and her band. “You’ve come a long way, baby,” occurred to me more than occasionally as the year 2011 entered its waning minutes. What a joy to bear witness, even from a distance, to a friend’s success in navigating the rapids and overcoming the obstacles that life manages to throw in our way---and come out looking like a million dollars and smelling like a rose.

The countdown to 2012 started within the Credence Clearwater song, “Proud Mary”.  Slow at first and gradually building up steam and tempo, the last seconds chanted out in a frenzied crescendo, the packed dance floor providing an impromptu choral backup.

As we drifted off into the night, with little awareness of the transitions that 2012 will bring, we could at least be grateful for rollin’ into the brand new year on a rhythmic river of soul, dance and the uplifting power of music.

Tom Peifer is an ecological land use consultant with 16 years experience in Guanacaste. Phone: 2658-8018. peifer@racsa.co.cr

jueves, enero 19, 2012

Ausencia

La tarde cae, y deja que sus últimos rayos acaricien los cristales de mi ventana. Bajo las sábanas, me refugio en la almohada, imaginando un cuerpo cálido que me abraza... que nos abraza. Imagino el roce de unos labios humedeciendo cálidamente los míos. Aunque no lo diga, aunque lo guarde para mi, la palabra que está tatuada debajo de mi piel es NECESITO. Necesito una caricia pálida a lo largo de mi espalda. Necesito que me estrechen fuertemente contra sí. Necesito sentirme querida, protegida, amada. Ya lo dije. Lo admito. Sin miedo a nada, ¿por qué habría de temer decir lo que siento? ¿Por orgullo? No. El orgullo endurece. Y lo que más necesito ahora es suavizarme, dejarme ir, derretirme.


Me levanto con la dificultad que da el peso de los ocho meses de llevar a mi beba en mi vientre. Estoy agotada: no dormí en la madrugada. Quiero un vaso de leche fresca con chocolate. Serotonina para el alma. Sustituto temporal (y deseo pensar que es temporal). La tarde está fresca, y el Cerro de la Carpintera mojado de una luz dorada. A mi regreso, una blanca y enorme nube cubre el cerro. Imagino que soy la montaña, así de abierta, con las copas de los árboles extendidas al cielo, sintiéndome abrigada por esa nube, y me reconforto en el sabor que el chocolate deja en el cielo de mi boca. 




Foto: Noelia Alfaro

miércoles, enero 18, 2012

Resolver

(Del lat. resolvere; de re, y solvere, soltar, desatar).

1. tr. Tomar determinación fija y decisiva.

2. tr. Resumir, epilogar, recapitular.

3. tr. Desatar una dificultad o dar solución a una duda.

4. tr. Hallar la solución de un problema.

5. tr. Deshacer, destruir.

6. tr. Dicho de un agente natural: Deshacer algo cuyas partes separa destruyendo su unión. U. t. c. prnl.

7. tr. Analizar, dividir física o mentalmente un compuesto en sus partes o elementos, para reconocerlos cada uno de por sí.

8. tr. Mús. Llevar a efecto una resolución (? paso de un acorde a otro).

9. prnl. Decidirse a decir o hacer algo.

10. prnl. Dicho de una cosa: Reducirse, venir a parar en otra de menor importancia en relación con lo que se creía o temía.

11. prnl. Med. Dicho de las enfermedades, y en especial de las inflamaciones: Terminar, ya espontáneamente, ya en virtud de los medios médicos, quedando los órganos en el estado normal.


12. Resolver: mi verbo del mes. 

miércoles, enero 11, 2012

Respirar


El primer día del año, recibí la mejor lección que puedo haber recibido: respirar.

Amo el Mar, me siento en mi elemento cuando estoy adentro. Acostumbro decir que podría quedarme allí adentro, sin volver a tocar Tierra...

Conversaba con mi amiga Melissa, mientras el Sol desaparecía en el horizonte marino: perdimos la noción del tiempo, y del espacio. De no ser porque ella me dijo: "No toco fondo", no me hubiera percatado de ello. Sin detenerme a comprobarlo, le contesté: "Nademos con las olas". Fue lo que me dijo mi lógica. Nadamos de frente, sin saber que lo recomendado, en estos casos, es nadar en diagonal. La corriente nos siguió jalando en la dirección contraria, hasta que nos cansamos de nadar. Mi amiga gritó por ayuda, con los ojos muy abiertos a pesar de la sal. Yo me concentré en flotar. Afortunadamente, había un grupo de chicos  cerca, y pronto nadaron en nuestra dirección. Mi amiga les gritó que me ayudaran a mi primero, porque estoy embarazada. Dos de ellos fueron en mi ayuda. A ella le tocó luchar sola, tragó agua y pensó en su muerte. Pero tuvo tiempo para rezar. Mientras tanto, yo hundía a uno de mis rescatistas tratando de apoyarme en él. Nos costó acomodarnos a los tres. Uno de ellos me preguntó si podía nadar de espaldas. Me di la vuelta, pero una ola enorme se encontró de frente conmigo, así que de inmediato regresé a la posición original. Tampoco me di cuenta de que había entrado en pánico hasta que uno de ellos me pidió que no lo hiciera. En ese momento pensé en mi parto. Me pregunté si sería similar la sensación. Me percaté de que el miedo no me salvaría, y me concentré en relajarme y RESPIRAR. Todo esto en cuestión de segundos. Y a partir de esta decisión pudimos salir los tres, bueno, los cuatro. - Por favor, ayuden a mi amiga, les pedí. Yo salí caminando, con el brazo tenso de uno de mis rescatistas sujetándome la muñeca. Ninguno de los de nuestro grupo se había percatado de lo que sucedió en el Mar, hasta que les contamos el cuento. A mi amiga le costó salir del shock. Meditamos, le hice reiki y dimos las gracias. Le tomó tiempo volver en sí. - No queda más que dar las gracias, le dije.

- Ámbar significa "que flota sobre el Mar", en árabe, ¿te acordás?, le dije. -Sí, me respondió Melissa con los ojos brillosos. Por primera vez, mi hija le hizo honor a su nombre. 

Un par de días después, volví a internarme en el Mar, y le expliqué a Ámbar lo que había sucedido, que el mar puede ser tan peligroso como insondable, pero así me apasiona, y que siempre estaré para cuidarla.