viernes, abril 06, 2012

El parto

- ¡Andá buscando dónde te vas a ir!
- ¡Lo voy a hacer, lo voy a hacer! ¡Dame chance que la beba nazca y que pase la cuarentena!

Indignada, le deseé que se le multiplicara todo lo malo que me estaba deseando. Me sentía impotente, hervía de cólera. No podía creer que mi padre se comportara así con su única hija justo antes de dar a luz. No había sentido señales de ninguna contracción, y temía que ese ambiente tenso que domina mi casa, no me permitiera sentirlas. Una vez que se fue, revisé la lista de contactos en mi celular, preguntándome cuál de mis amigos me podría sacar de ahí. Afortunadamente lo tenía casi todo preparado, por si surgía una emergencia, así que no me demoré mucho tiempo en estar lista. Debía aprovechar el tiempo que mi padre tardaría en ir y regresar del supermercado, para evitar más conflictos. Y lo logré. Justo cuando el carro rojo de mi amiga salía de la calle de mi barrio, mi padre estaba llegando por la acera de enfrente...

Lloré, lloré todo lo que pude mientras el Rescue hacía su trabajo de drogarme y tranquilizarme al mismo tiempo. Lo que más me dolió fue separarme de mi madre. Sentí como si me destetaran, o algo así. No podía revelarle mis planes a nadie, ni siquiera a ella, precisamente porque se pondría más nerviosa. Me cuidé de reservármelo hasta el último momento, tal y como ella me lo recomendó tantas veces con respecto a otras situaciones de mi Vida... Lloré todo el día. Lloré, dormí y deambulé todo el dìa. Y nuevamente lloré. Me sentí huérfana, sin miedo a exagerar. Cayó la tarde y finalmente nos fuimos a la casa de una de las hadas madrinas de Ambar: la más hada de sus madrinas. Estaría ahí hasta que iniciara labor de parto.

No tuve que esperar mucho. Entre las cicatrices que dejaron mis lágrimas, la Luna asomándose a través del zinc, y los gatos del hada madrina compitiendo por compartir el calor de mi cama me despertó en la madrugada el "tapón": la primera señal de que pronto empezaría mi labor de parto. Y no quedó más que esperar que el Sol anunciara el día. Los dolores llegaron en la tarde del 14 de febrero, silenciados por la que resultó ser la mejor cuenta cuentos: estaba tan ensimismada en las historias románticas de la "señora de la casa" que los dolores tomaron un papel extra en medio de su película. No quería interrumpirla por nada del mundo, y cuando finalmente le avisé, me percaté de que lo hacía con el fin de que yo me distrajera. ¡Las brujas y sus estrategias! Prendió incienso en su altar, y le dimos una bienvenida espiritual a Ámbar.

Al crepúsculo yo ya me sentía lista, pero a mi partera le aterrorizaba el tráfico de la hora pico, así que yo con mi determinación -que no le llamaremos terquedad- preferí pagarle a mi taxista el viaje hasta Alajuela: no quería hacer ese viaje con las contracciones en su máximo apogeo. Y no me equivoqué: esa misma noche, mientras muchos enamorados estarían en media cena romántica, empezó mi labor de parto. Poco después mi "Dream Team" tuvo que trasladarse a Alajuela. Lo llamo así porque no cualquiera cuenta con una enfermera obstetra y tres doulas para atenderla. Una de ellas, filmaría todo el proceso. Mi parto sería un parto en casa -o al menos así lo habíamos planeado.

Aquí es donde la realidad se mezcla con el surrealismo, porque sólo una mujer que haya parido, sabe de lo que estoy hablando. A pesar de que han pasado unas pocas semanas, algunos detalles los rescata mi memoria y otros se escaparon a otro cuento. Recuerdo haber visto a mis mujeres dormidas en los sillones, comiendo deliciosamente las creaciones del padrino de Ámbar, charlando y riendo, como si estuvieran en otro canal. Pero bueno, esto se podría interpretar como que no me ayudaron, y eso sería una injusta mentira. Se turnaron. Se turnaron para apoyarme en cada contracción. Por alguna razón no quería estar sola. En ningún momento. Menos durante una contracción. Cada una desempeñó un papel muy importante. Waleska era como la Madre Tierra, la parte física, la fuerza. Tzila era un hada de aire, la parte emocional y espiritual. Clea era agua, la parte técnica, movilizándose de un lado al otro con su cámara, capaz de dejarla a un lado para consolarme. Y Mónica era fuego, la parte mental, y la que sabía qué se debía hacer en el momento correcto. Por algo era mi partera. Unas lobas, diría Arturo. Y esa energía se quedó en su casa cuando ya se habían ido.

Rondé por toda la casa, y a todas horas, gritando mis mantras: Aaaaaa, Ooooooooo, Rrrrrrrrrraaaaaaaa, a veces desnuda y otras semi desnuda. A esas alturas ya no me importaba. Vomitaba todo cuanto me llevaba a la boca (y eso que limité mi dieta a frutas y granola). Así que me perdí de todas las delicias que Arturo preparó, y que en otro momento hubiera pedido repetición. De fondo, sonaba el soundtrack que había preparado cuidadosamente para la ocasión. Muy en el fondo.

La segunda noche estaba agotada. Agotada es poco. Mi equipo se reunió frente a mi y me pidió seriamente que pusiera de mi parte. ¿Algún bloqueo? Es posible. Puede que bajara el ritmo, pero nunca me detuve. La piscina inflable se infló por inspiración de McGiver -le faltaba una pieza- y pude relajarme un poco. Parte del plan era tener a mi beba como pez en el agua.

Cuando el Sol vio venir el segundo día, aceleré. No sé de dónde saqué energía. Probablemente se lo debo a los espíritus de mi bisabuela partera y de mi abuela, que me acompañaban desde sus fotografías blanco y negro, en el altar que preparé para la ocasión. Lo intentamos todo: bailé belly dance en compañía de Tzila, bajé y subí gradas, caminé, me pararon de manos, me ayudaron a hacer la postura de la vela, y nada... la beba seguía cómodamente flotando en su líquido amniótico. Mónica me había hecho un tacto y creía que Ámbar tenía la cabecita de lado. Por eso su intención era descolocarla y volverla a colocar en el canal de parto.

A la tercera noche, cuando ya hace rato había apagado mi celular para no dar razones por "el atraso", hubo nuevamente quórum para comunicarme que lo mejor sería ir al hospital. Justo lo que no quería. Afortunadamente mi plan B estaba listo, a pesar del atraso burocrático que me tocó pasar, y de las peleas que me tocó librar. Como dice Waleska, eso no fue nada comparado con el hecho de haber resuelto todo con la CCSS, para preveer un parto en hospital. Yo había preparado un documento, con la lista de todas las cosas que no quería que me practicaran, firmado por mi prima la abogada, esperando poder apoyarme en él. Se quedó en el bolso que no permitieron entrar, guardado en el carro de Mónica, ¡qué decepción! Fue un gran alivio que Mónica fuera enfermera obstetra, porque con su carné, le permitieron acompañarme. Sin ella no sé qué hubiera hecho. Era mi canal a tierra, ya que cada vez estaba más y más lejos. Nuestro primer contacto con el personal del hospital fue gratificante. Con la mala suerte de que el que nos recibió acababa su turno. Le tocó el turno a una mujer. Una mujer que se supone debía ser más solidaria con nosotras. Mónica empezó a comentarle sobre los nuevos derechos de las  madres en labor de parto. Al principio pareció seguirnos la corriente, luego empezó a llevarnos la contraria. Y fue molesto. Sobretodo para Mónica, quien, repito, estaba más conectada con la realidad. Lo bueno fue que, como estaba molesta, nos dejó tiempo a solas para probar distintas posturas, para medir los latidos de la beba y hacerme el tacto.

Ya era de madrugada cuando la enfermera a cargo desesperó. Decía cosas como que yo no sabía pujar. Y repito, de no haber estado Mónica conmigo, mi autoconfianza se hubiera ido por el desagüadero. Era mi primera vez. ¿Cómo saber si lo estaba haciendo bien o no? (y resulta que sí lo estaba haciendo bien). Empezaron todos los procedimientos que yo no quería para mi: suero, oxitocina artificial, forzar la dilatación (yo había dilatado siete centímetros cuando llegué al hospital). Su paciencia llegó al borde y ordenó cesárea. ¿Podía ser peor? Sí. La oxitocina artificial hace que las contracciones sean más seguidas y dolorosas. Recuerdo haber estado pujando desesperadamente mientras me conducían en una camilla a la sala de operaciones para practicarme la cesárea. Era absurdo. Mónica me dijo en algún momento: ¿te imaginás que nazca de camino? Nada me hubiera gustado más.

Pero la lista de cosas no deseadas no terminaba allí. Llegamos a la sala y la enfermera le dijo al doctor: - Aquí están las del "casito" que le comenté... Mónica no podría acompañarme: tendría que esperar. Me levantaron la espalda, me inyectaron la epidural y me sumí en un sueño profundo producto del cansancio de tres noches sin dormir y de la anestesia. Por fortuna, mi instinto me hizo despertarme a tiempo para escuchar el primer llanto de mi beba. Me la acercaron así, tal cuál salió, cubierta de una sustancia blanquecina mezclada con sangre y... pude besar su frente. Pedí que la pusieran en mi pecho, pero con todo aquel montón de chunches que tenía encima era prácticamente imposible. Decepcionada, vi cómo la lista de cosas que no quería no llegaba a su fin: cortaron su cordón umbilical de inmediato, la midieron, la pesaron, la manipularon y la limpiaron, mientras lloraba lejos de mi pecho (ni qué decir de mi placenta: no llegué ni a verla). Me la acercaron una segunda vez, ya limpiecita, y pude besarla nuevamente en la frente. Sentí cómo me manipulaban mientras me cosían, y pronto empecé a sentir el frío de la habitación. No titiritaba: brincaba de frío. Y el frío siguió acompañándome aún cuando me sacaron de esa sala. Pedí ver a mi beba, y me contestaron que me la llevarían en cuanto me recuperara. Y es que estaba drogada por la anestesia.

Seis horas de desesperada espera pasaron hasta que la pude tener entre mis brazos. Hubiera deseado describir una mágica escena, pero la verdad es que aún estaba drogada y adolorida cuando la recibí. Lo que puedo asegurar es que nunca he visto nada más hermoso.