viernes, octubre 28, 2005

Asalto no. 4

No era un día como cualquiera. Iba a recoger a mi pequeño al Kinder. Mi mamá llegaría también.

A la salida, era difícil distinguir entre tantos padres e hijos, pero finalmente apareció el mío, con su rubia cabellera, y una expresión de extrañeza al toparnos frente a frente: le costó reconocerme. El trabajo no me permitía dedicarle el tiempo suficiente, así es que era mi madre la que se encargaba de cuidarlo. Lo alcé y lo abracé con fuerza contra mi pecho.

Me acompañaban tres viejos amigos que querían conocerlo, entre ellos un hombre que amé... y que acababa de llegar al país. Mi amiga y su novio querían verlo también...

Recuerdo que pensé que querrían saber quién era el padre. Pero ni yo misma estaba segura. Traté de sacar cuentas con la edad de mi niño, pero nunca estuve segura... y me perdí en los números, hasta que ese momento se transformó en una persecusión que aún tengo confusa, y al momento siguiente ya había amanecido.

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sábado, octubre 22, 2005

Por un recuerdo...

Hay momentos que merecen la pena trasnochar... sabiendo que a la mañana siguiente toca madrugar...

Eran las 12:45 am ... y aún estaba...¡patinando! Así decidió celebrar su cumpleaños una amiga mía, y pues, no se valía faltar.

Era cómico, y hasta patético, ver a unos cuantos venteañeros, y otros tantos de treinta patinar a duras penas por la pista casi vacía (¡lo que hacen los amigos!).

Curioso, pero desde que recuerdo (y tenía 5 años), siguen siendo la misma pista, las mismas luces, las mismas paredes, las mismas gradas, y hasta la misma música setentosa u ochentosa, con su aporte reggaetonero, que ni modo: no puede faltar.

Nada como el aire sobre la cara cuando se da la vuelta... ni como las caídas estrepitosas sobre el suelo, ni como esas luces con forma de ruedita que se proyectan en el suelo: recuerdo que jugaba a perseguirlas. Más adelante jugaría a perseguir algunos ojos verdes... o a esquivar a algún arrogante patinador que se conducía a toda velocidad.

Quien pasó sus fines de semana sobre cuatro ruedas... sabrá de que estoy hablando.

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martes, octubre 18, 2005

El escenario

Tenía sólo 6 años cuando ya estaba subida allí arriba, rasgando las cuerdas de la guitarra y sosteniendo los acordes con dificultad... pero lo valía. A los 7 hacía un solo en "Que canten los niños". ¡Tenía mi propia estrofa! Y mi madre estaba frente a mí mientras cantaba: "yo canto para que sonría mamaaaaá..." Después de mí seguía Ronny: era increíble, tenía una voz excepcional.

Salí de la Roosevelt y seguí rasgando las cuerdas de mi nueva guitarra en la estudiantina de mi nueva escuela de monjas y sólo mujeres. Ahora hasta nos íbamos de gira. Y así fue hasta los 12, cuando se me ocurrió que quería ser cantante y mi padre me dijo que moriría de hambre.

A los once escribí mi primer cuento, y seguí haciéndolo. Le puse más atención a mis pinturas, además. Y mi intento por hacer una pasarela para ingresar a un grupo de modelaje que sugirió una alumna de quinto, fue un fracaso: ni siquiera llegué a finalista. En fin, fueron sólo cinco años lejos de un escenario... hasta que entré a la Universidad y llevé por curiosidad el taller de teatro, después de fallidos intentos en la pastoral juvenil... era buena para sobreactuar, no para ser natural. A punta de esfuerzo (y no fue fácil), creo que logré la naturalidad a lo largo de siete años de funciones consecutivas, giras, ensayos, trabajos de mesa, investigación, observación, pero sobretodo cariño: el escenario volvió a ser una parte importante de mi vida.

Pero todo ciclo tiene su fin, y me tocaba desprenderme de esa burbuja que es la Universidad, así es que me fui muy lejos, bueno, no tanto... Me fui a trabajar a un hotel de playa y, aunque allí el teatro perdía su fin social, aún estaba sobre un escenario: bailando, saltando, brincando, jugando con los niños, contándoles cuentos con disfraz de hada y haciendo reír a los adultos interpretando a la esposa que le pone los cuernos al marido...

Ese ciclo también llegó a su fin y por razones del azar, participé en un certamen de belleza interno. Mis amigas no entendían qué hacía yo ahí, y por qué había aceptado participar. En fin, era la única forma de estar cerca del escenario... Y tras dos meses de intensos ensayos, llegó el día de desfilar frente a los ojos de todo el hotel. Era la más pequeña de mis compañeras (1.60), por tanto era la primera en salir. Me temblaban las rodillas y me cascaban los dientes. ¡Por Dios! ¿En qué momento olvidé la coreografía? Sentía que el corazón me palpitaba como nunca. Recuerdo que mi ex-novio me había dicho: "¿a qué le temes si has estado en teatro?". Muy bien, pero esto era diferente: no era la mendiga, ni Eva, ni María Candelaria, ni la mujer de Ramón, ni Jorge, el protagonista de "Carrete en compañía", era yo misma, frente a los ojos de todos mis compañeros y jefes del hotel, que me miraban con sus ojos ciegos. Me sentí más desnuda que nunca: estaba completamente expuesta. Así que decidí mirarlos de la misma forma. Intenté hacer el papel de diosa con el chal negro con el que de paso no había ensayado. Pero el vestido de baño no me favorecía. Sin embargo estaba segura de que cuando llegara la hora de la pregunta respondería con firmeza y convicción: y así fue.

En cuanto terminó esa falacia, después de recibir la banda del tercer lugar, me desprendí las uñas postizas de un tirón: fue más doloroso el resultado de representarme a mí misma.

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lunes, octubre 17, 2005

Asalto no. 3

A los 13 años, me había cansado de preguntar a mis padres esas preguntas sin respuesta, que me resolverían "cuando tuviera 12". Si quieren saberlo, aún no he recibido esas respuestas... Afortunadamente... allí estuvo mi tía para resolverlas y la Vida para tropezarme con ellas. Se convirtió en mi confidente y en mi modelo a seguir. Sin embargo, algo ocurrió con el paso del tiempo, y es que ya no era mi abuelita la que se ponía celosa de mi complicidad con mi tía, sino más bien sucedía lo contrario... Cosas que pasan. Y se abrió un abismo entre ambas. Fue dolorosamente profundo. Tan fuerte que incluso llegó a la violencia. Hoy el silencio es la única palabra que nos dirigimos.

No me percaté en qué momento ocurrió, pero me encontré con que mi tía se había mudado a mi apartamento. De pronto estaba ahí, con su falsa sonrisa, llenando todo mi espacio personal, ¡el que tanto me ha costado obtener!

Se le ocurrió comprar una cocina, cuando se supone que eso debería consultárselo antes al dueño de los apartamentos (y a mi)... ¡Se enojaría mucho! Ahora me correspondería pagar la luz por aparte, y eso implicaría un gasto extra. Pero en fin, si se había pasado a vivir conmigo, se suponía que compartiríamos gastos. ¿En qué momento lo permití? Estaba incomodísima. Así es que decidí salir, para despejarme.

Fui a visitar a mi abuelita y aproveché para prepararme comida para hoy y para mañana. Allí también estaba mi mamá. Y por supuesto, ambas me ayudaban. De pronto sentí la presencia de mi tía tras de mí. Y allí estaba, diciéndome que esperaba que estuviera haciendo lo que estuviera haciendo, fuera por mí sola... ¡Qué detestable! ¿No me podía dejar tranquila un sólo momento? ¿hasta dónde llegan sus celos?

Hasta aparecerse en mis sueños.

viernes, octubre 14, 2005

Sobre la estabilidad

Los cambios han sido importantes en mi vida... y supongo que en la de todos: marcan un ciclo que termina y otro que empieza. Así imagino el Universo: como una enorme e infinita espiral dando vueltas. Por suerte nos llegamos a dar cuenta en algún punto de nuestra historia que el mundo no era cuadrado. Fíjense de cuántas curvas está hecha la naturaleza.

En fin: si me veo desde afuera, quizás sea una gitana recorriendo en caravana tierras desconocidas... o quizás una mujer árabe caminando por el desierto. Y eso me gusta. No estar siempre en el mismo lugar, ni con la misma gente.

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Pero llegó un momento en el que quise darle un orden a mi vida... y me siento bien. Aunque es delicioso dejarse llevar por el viento o correr tan fuerte como el río, es confortable llegar a mi casa y descansar. Saber que hago lo que me gusta y aunque tengo una rutina de trabajo como muchos, cuento con eso. Y con mi familia, mis amigos y mi chico. Y soy feliz. Y punto.

Las curvas me las trae el día, porque aún no he perdido la capacidad de sorprenderme.

lunes, octubre 10, 2005

¿Buenos días?

Hoy siento tu abrazo débil: no te siento. Estás y a la vez no estás. Como yo, quizás. Hay una parte de mí que no está. Lo bueno es que aún puedo llorar. Pero quiero correr. Quizás sólo deba buscar el origen. Volver a la tierra, volver al agua, volver al viento para ser fuego. Recordar de qué estoy hecha. Los árboles también lloran. Y es en su abrazo que he visto la Luna. Y es de sus ramas que me han dejado caer, que he aprendido. Y es de esa savia que me quiero abrazar, que quiero beber, que quiero alimentarme, para caminar descalza, como si estuviera aprendiendo nuevamente a caminar.

Así empieza mi vida, una y otra vez.

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jueves, octubre 06, 2005

El vacío

¿Quién no siente el sinsentido? ¿A quién no le llega el momento en que tiene la Vida en frente y pasa como pasa una película?

Todos hemos llegado a sentir el vacío. Hay quienes lo evaden, lo guardan en una esquina e intentan simular que todo sigue igual. Allí está el problema: no todo sigue igual.

Igual, he bebido para olvidar. Igual me he drogado para detener el tiempo y el espacio. Igual le he subido el volumen a la música. Igual he gritado y he callado. Igual he tenido sexo por las mismas razones por las cuales he bebido, me he drogado, he silenciado el sonido ambiente, he gritado y he callado. Pero las lágrimas no lavan el vacío. No se lava, no se raspa, no se quita. Está, hasta que no lo evacuemos.

¿Cómo se evacúa un hueco negro en nuestro espacio?

Está en nosotros que la Vida tenga esa sal...

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martes, octubre 04, 2005

El sueño de muchos

1960, Buenos Aires. Valentín es un niño de nueve años que vive con su abuela. Su madre desapareció cuando él tenía tres años y su padre es un bala perdida incapaz de tomar responsabilidades. La vida de Valentín transcurre modesta y con dos obsesiones: convertirse en un astronauta y que su padre le lleve junto a su madre. Pero su padre no quiere remover el pasado y, además, no deja de decepcionarle presentándole novias horribles, hasta que llega Leticia.

Acostumbro ir sola los domingos al cine. Me recomendaron esta película y era la que me faltaba por ver. Nada como cuando te hablan en tu idioma. Nada como cuando te hacen reír las cotidianidades de la vida.

Nada como cuando un niño te mira a los ojos y te dice las verdades en la cara.

Algunos quizás también soñamos alguna vez con ser astronautas... hay muchas formas de alcanzar las estrellas, así como de estar en la Luna. Lo bueno es cuando nos damos cuenta. Es bueno creer, y saber ver, y para eso hace falta a veces volver a ser niño.

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sábado, octubre 01, 2005

El quinto pecado capital

Yo confieso, Padre, que he pecado.

Anoche, no pude resistirlo... ya no lo hacía... había dejado de hacerlo... Me sacié hasta el cansancio. Pero lo he pagado toda la noche. No pude dormir. No logré conciliar el sueño. Tenía demasiado asco. Me repugna el sólo hecho de recordarlo.

Aún hoy, aún esta mañana, ¡no dejo de eruptar!

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