La tarde cae, y deja que sus últimos rayos acaricien los cristales de mi ventana. Bajo las sábanas, me refugio en la almohada, imaginando un cuerpo cálido que me abraza... que nos abraza. Imagino el roce de unos labios humedeciendo cálidamente los míos. Aunque no lo diga, aunque lo guarde para mi, la palabra que está tatuada debajo de mi piel es NECESITO. Necesito una caricia pálida a lo largo de mi espalda. Necesito que me estrechen fuertemente contra sí. Necesito sentirme querida, protegida, amada. Ya lo dije. Lo admito. Sin miedo a nada, ¿por qué habría de temer decir lo que siento? ¿Por orgullo? No. El orgullo endurece. Y lo que más necesito ahora es suavizarme, dejarme ir, derretirme.
Me levanto con la dificultad que da el peso de los ocho meses de llevar a mi beba en mi vientre. Estoy agotada: no dormí en la madrugada. Quiero un vaso de leche fresca con chocolate. Serotonina para el alma. Sustituto temporal (y deseo pensar que es temporal). La tarde está fresca, y el Cerro de la Carpintera mojado de una luz dorada. A mi regreso, una blanca y enorme nube cubre el cerro. Imagino que soy la montaña, así de abierta, con las copas de los árboles extendidas al cielo, sintiéndome abrigada por esa nube, y me reconforto en el sabor que el chocolate deja en el cielo de mi boca.
Foto: Noelia Alfaro
jueves, enero 19, 2012
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