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viernes, julio 31, 2020

Posparto en tiempos de pandemia




Lloré delante de todos los compañeritos de Ámbar, sus mamás, papás y cuidadores, y de su maestra. Ella me recomendó tomar Sol y agua. Así lo hice. Llevé a mis hijos al único lugar que no está cercado. Le llamamos "la lomita". Y no daré su ubicación, porque en tiempos de restricciones, basta alzar la voz para que te la tapen con una mascarilla o tapa bocas. No es fácil ser un salmón y nadar contra corriente. No es fácil ser una oveja negra en esta sociedad. Lo fácil es caminar con el rebaño, con los oídos taponeados por las estadísticas de muertes del virus en cuestión. Lo difícil es darse cuenta que fueron más los muertos por el AH1N1 y no existían este tipo de restricciones.

Se acerca el 2 de agosto en un pueblo que históricamente ha sido salvado por su fé, y quieren impedirles caminar. Caminar es un ejercicio físico, oxigena el cerebro, libera toxinas, regula la respiración. Es justo y necesario. En verdad es justo y necesario. Para el cuerpo, para el alma, para la mente, para el corazón. Sí, también regula el pulso cardíaco. ¿Por qué nos quieren encerrar en nuestras casas? ¿Se lo han preguntado? Soy como una planta, y tal como me lo recetó la maestra de mi hija, necesito Luz, Aire, Agua y Tierra. Que no me cierren los parques para ir a jugar con mis hijos. Que mi bebé Leo pueda dar sus primeros pasos sobre el césped fresco. Que mi hija Ámbar pueda correr, volver a jugar al escondido, al anda... Juguemos en el bosque, mientras el lobo no estás, ¿lobo estás? ¿Quién me va a acusar de querer ofrecerle a mis hijos un lugar para jugar y reconectarse con la Naturaleza? La Madre Naturaleza es la madre de todos y todas. Y está lanzando un grito. Un aullido profundo. Se está reestableciendo, recuperándose, renovándose. Es la parte positiva de que haya restricción vehicular.

Volviendo a la causa de mis lágrimas: fui reprendida por no haber presentado ninguna evidencia del trabajo en casa de Ámbar. Me sentí la peor madre. Reconozco que tengo que organizarme mejor, pero también me reconozco como madre lactante. Cuando Ámbar era una bebé como Leo, salí a las calles con ella pegada a la teta para defender mi derecho de amamantarla en público. Mi derecho y el de todas las mujeres. No fui a una, sino a varias mamatones. Ámbar y yo lo hicimos. Y hablamos frente a los medios de comunicación, y gritamos en las calles. Le enseñé a mi hija desde que estaba pegada a mi teta su derecho de defender sus derechos. El calladita más bonita, no es para nosotras, mi princesa. Nosotras somos mujeres pensantes, creadoras, marchantes, cuestionadoras. Me enojé mucho cuando el mejor amigo del padre de mi hija le dijo a él, refiréndose a mi: - Necesitabas una así, de bajo perfil. 
¡¡¡¿¿¿QUÉ???!!! Entonces me volví mediática. Mi hija y yo teníamos (y tenemos) mucho que decir. Y, me contradigo. Ahora tiene la delicadeza de preguntarme: - ¿Puedo decirles que el virus no existe?

El miércoles pasado, como es mi rutina. me baño mientras Ámbar está en clases virtuales, y después del baño, duermo a mi bebé. Sí, dándole teta. Ámbar no pudo entender las instrucciones. Me necesitaba, y mi bebé también a mi, y yo a él. Quiero tener el derecho a amamantarlo y cuidarlo como cuidé a Ámbar, sin sentirme una mala madre por no ponerle suficiente atención. Quiero tener el derecho de dedicarme a tener tiempo a solas conmigo misma, con mi pareja. He llorado tanto en las últimas dos semanas, que tengo bolsas debajo de los ojos. QUIERO SER MADRE LIBREMENTE PORQUE YO ELEGÍ CONSCIENTEMENTE TENER DOS HIJOS. Y una de las principales razones es porque quise vivir una historia diferente. Y la estoy construyendo, la estamos construyendo, aún en medio de la pandemia, siento que he ido superando obstáculos uno a uno. No, no es fácil. Y quiero abrazarme como quiero abrazar a todas las madres que están en sus casas, tratando de lidiar con las guías autónomas, Teams, los quehaceres domésticos, los hijos, el trabajo, los estudios, la familia, sus parejas o la ausencia de ellas... ¡consigo mismas! Porque somos cíclicas y aún a estas alturas hay mujeres que desconocen sus ciclos. Yo misma, aún habiéndolos vivido y estudiado había olvidado algo tan básico como que soy una mujer puerpera, es decir, en etapa de postparto, y que, esta etapa, de acuerdo a Laura Guthman en su libro: Maternidad y el encuentro con la propia sombra, dura aproximadamente dos años y medio, cuando el niño o la niña son conscientes de que son individuos y no una unidad con su madre. Y, como mujer puerpera, mis hormonas están hechas un lío y por eso, estoy hecha de material sensible, y con todo lo sensible que puedo ser en esta etapa, tengo que adaptarme. Y he sido etiquetada por mis propias amigas de hipersensibilidad, cuando ellas mismas fueron madres lactantes, madres puerperas, mujeres hormonales, que vivieron sus maternidades de distintas maneras, porque todas somos distintas, como los colores que no podemos distinguir porque el iris de nuestras pupilas no nos lo permite. Y respetar la forma en la que cada una decide vivir su maternidad, es AMOR. Y que la sociedad te permita vivir tu maternidad como te nace de las entrañas, ES TU DERECHO, MUJER. Y te lo digo con los ojos llorosos y firmo con la leche que sale de mis tetas. Y no firmo con la sangre de mi menstruación, porque aún no ha regresado, porque amamanto a mi bebé, y lo amamantaré el tiempo que él y yo decidamos, porque ya me gané ese derecho en las calles de mi país cuando mi hijita Ámbar mamaba mi leche y mis ideas, y mis consignas a VIVA VOZ. 

domingo, julio 05, 2020

Adaptación a los cambios



Aparecían una a una. Siempre a la misma hora, cuando ambos estábamos aún despiertos, trabajando, estudiando, a ratos compartiendo, mientras los niños dormían. 

Las detesto. 

Mi mamá me cuenta que cuando nací en la Carit, las cucarachas caminaban por las paredes. Ella estaba aterrorizada. Encima las enfermeras y los doctores estaban en otras. Sí, ella sufrió violencia obstétrica. Escuchó frases como: "Ahora está gritando.., ¿y cuando abría las piernas?". ¿Fuerte, no? ¿Por qué se culpa el placer? ¿Qué tiene de malo disfrutar? ¿Y por qué no se respeta un momento tan sagrado como el parto?

Mi segunda experiencia traumante con las cucarachas, fue cuando, en segundo grado de primaria, hicimos un chanchito a partir de un globo, cubierto con capas de papel periódico y goma. Al final lo pinté de rosado, mi color favorito. Me llevé la desagradable sorpresa de encontrar una cucaracha en mi cuarto. Cuando mi papá la aplastó, soltó la pintura rosada... Sí, fue asqueroso.

La tercera experiencia, me lleva a mi primer embarazo, cuando, hablando por teléfono con el padre de mi hija, apareció en mi cuarto una cucaracha voladora. ¿Pueden escucharme gritar? Él se burló de mi. Se burló de mi fobia. Las embarazadas están hechas de material hormonal sensible. Que lo diga yo que tuve dos embarazos. Fobia mezclada con dolor e impotencia.

Cuarenta y un años después de mi primer encuentro con estos seres vivos, se me ocurrió finalmente buscar su significado como animales tótem. Me sorprendió descubrir su gran capacidad de adaptación a los cambios. Y esta cualidad, es la que se me quiso enseñar, a través de estos insectos. No voy a llover sobre mojado explicando o compartiendo las implicaciones de esta pandemia. Existe sobreinformación. Lo que rescato de la principal cualidad de las cucas, es su capacidad de sobrevivencia. Y nosotros y nosotras, seres humanos, también la tenemos. Basta revisar un poco sobre Geografía e Historia para darnos cuenta a lo que hemos sobrevivido tras generaciones. Esa fortaleza, está impresa en nuestro ADN. 

Y, cuando me tocó ver una rata esconderse en la alcantarilla del apartamento que compartimos, recordé, señores y señoras, que no por casualidad, éste es el Año de la Rata

Ahora, con qué actitud enfrentamos los cambios, depende de nadie más que de nosotros y nosotras mismas.

Y, curiosamente, las cucarachas dejaron de aparecer en cuanto comprendí el mensaje y lo apliqué a mi Vida.


martes, mayo 19, 2020

El ala derecha de Psiquiatría

Llegué a ese punto en el que se deja de sentir. Tenía tanto cansancio acumulado, tanto estrés, tanto dolor, tantas deudas. Deudas que me provocaban ansiedad. Ansiedad que me provocaba insomnio. Insomnio que me provocaba agotamiento mental y físico. Luego las voces... mis miedos: no poder pagar la renta, las cuentas... No dar abasto con tanto. La gata despedazó el sillón en el que nos encontrábamos. Mi corazón también estaba hecho jirones. Intentando construir una historia de Amor, me sorprendió otra. ¿Tan difícil es crear una familia? Sé que él tuvo miedo, como muchos otros. Yo también he sentido miedo, pero... ¿es posible ser tan mamífera? Recuerdo en ese entonces visualizar lo que viviría tres años después: él sujetando un bebé entre sus brazos, vestido con bata de hospital. Cuatro. Cuatro. Cuatro. Ahora somos cuatro. En esa época éramos dos, intentando ser tres. Con espacio de sobra. Espacio para las sombras. Espacio para los fantasmas, para ver su silueta acercarse a la orilla de la ventana. Y ver la cara de terror de la vecina, sorprendida, pensando en que lo mejor que le pudo haber pasado fue haber vivido un aborto, provocado por                                                                 un acosador de la calle. 

Cuánta violencia. Cuánta violencia nos metemos en el cuerpo. Cuando entré al ala derecha de Psiquiatría, vi un cardumen de cuerpos mutilados, de heridas sangrantes, de heridas cicatrizadas. Mujeres cansadas, muy cansadas de vivir, con los sueños desteñidos, como las sábanas del hospital. ¿Dónde había quedado su aliento? ¿Pueden realmente inyectarnos Vida a través de una colección de pastillas multicolores? A mi me inyectaron un sueño profundo, que me hizo despertar con los ojos sobresaltados, sin saber dónde estaba ni por qué estaba ahí, rodeada de mujeres desaliñadas que me miraban con cara de signo de pregunta. La argentina, como le llamaban, descubrió mi sopor, y me trajo a tierra, si es que se le puede llamar así a esa tierra de nadie. ¿Qué saben psiquiatras y psicólogos del terreno de la mente? Para llegar a los agujeros negros de cada cabeza, ¿se puede navegar a través de un test obsoleto? No necesariamente. A la más joven la vi amarrada, negándose con la vitalidad de sus 18 años a ser sometida a la fuerza. La vi caminar con una bolsita que recogía sus orines, mientras arrastraba sus ojos apagados bajo sus grandes pestañas. 

Trenzas. Las mujeres nos hacíamos trenzas. Evelyn le pidió a la más joven que le hiciera una trenza francesa y hasta se maquilló para esperar a su marido. A mi me visitaron mis papás y una tía lejana me llevó un libro cristiano que fue la salvación de muchas almas creyentes que habitaban esa vieja sala.


CREER. Es lo que queda cuando perdés toda esperanza de Vida. ¿En qué creemos? ¿Es posible creer en algo cuando todo dejó de tener sentido? Drogadas para controlar los impulsos, las emociones. ¿Eso es sanar? Sanar es llegar a la raíz, arrancar la maleza. Morir al fin para volver a nacer. Todas y cada una de las que estuvimos internadas durante esos días lo supimos. 

Yo me asomaba por la ventana del baño para sentir que mi espíritu viajaba libremente hasta Casa del Arcoiris. Recién entiendo por qué el confinamiento al que nos sometieron en esta pandemia me desató la locura. Soy libre. Como la mariposa, el delfín en Venecia, la Pachamama palpitando nuevamente sin el peso de la Humanidad encima. Libre como mi deseo de ir a meter los pies en la espuma del Mar. Libre como el aire, como el río golpeándose entre las piedras y salpicando la cara. ¿A qué nos quieren someter? ¿Por qué nos infunden miedo en el 2020? ¿Por qué nos atrapan con la excusa de un virus que habita el aire? Reglas. Mantener dos metros de distancia. Usar mascarilla. Quedarse en casa. Quedarse en casa. Quedarse en casa. Encierro. Encierro. Encierro. Encierro dentro de las cuatro paredes de mi mente. ¿Dónde estoy realmente a salvo, si no es bajo la sombra de los árboles? ¿Dónde puedo volar si no es donde me lleven mis pies? 


María del Rosario, 2002. Lectura actuada por Grupo de Teatro Girasol
Fotos: Bernard Arce.

jueves, febrero 12, 2009

¿Y ahora qué?

Soy un ave. ¿O una mariposa? No, soy un ave. Un ave fénix. Y de nuevo muriendo para volver a nacer. Preguntándome por qué me es tan difícil ser yo en esencia. Podría culpar a mi padre. Podría. Pero no se trata de una cacería en la que busque culpables. La única responsable de mi Vida soy yo. Nadie más. No me queda más que SER. Finalmente. No necesito las máscaras. Yo misma me las he puesto para caminar entre las instituciones a las que tanto detesto. Soy artista. Aunque me lo niegue se me sale por los poros. Me pronostican 5 años para ser bailarina. Pero esto no se trata de una competencia. Hay artistas que lo siguen siendo después de los 90. Sólo quiero ser y fluir.

miércoles, febrero 04, 2009

Dejar fluir

Decido dejar fluir. Dejarlo fluir. Dejarme fluir. Me vi al espejo recordando, leyendo momentos, sensaciones, sentimientos vividos. Dicen que recordar es revivir. Y ya ha pasado mucho tiempo como para que yo siga esperando en el marco de la ventana. Mejor salgo por la puerta, a respirar nuevos aires, a dejarme acariciar por el sol, a dejar que el amor suceda.

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viernes, diciembre 15, 2006

Caída

Me recibió la Tierra
con su cuerpo firme,
y sin embargo,
no hirió mi piel.

Me arrastré
con el dolor de la culpa,
la misma de los hilos atados
a las ganas de no ser.

Me lancé
con la esperanza,
de que otros hicieran
por mi el trabajo sucio.

Me balanceé
en el deseo
de deshacerme del deseo,
y de toda responsabilidad.

Me pensé libre,
y me sorprendió la Vida,
enseñándome que me correspondía vivir.

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¿Merezco morir de amor?

¿Merezco sentir que muero por amor? ¿Merezco que me duela el cuerpo, el corazón...? ¿Merezco sentir que se rompe en mil pedazos...? Sé que p...