Sin embargo decidió levantarse. Ella bien sabía que si seguía atada a la cama (sobretodo a esa cama), no podría levantarse por días. Se acercó al caballete y colocó con cuidado un lienzo en blanco. Tomó un pincel cualquiera, lo sumergió en cualquier color, y empezó a darle forma a aquello que estaba sintiendo. Ni siquiera pensó en usar un delantal. La pintura salpicaba en sus brazos, en su pecho, en su falda...
Y allá estaba él, con el maletín bajo el brazo, el humo en la garganta y el corazón humedecido, cuando llegó el autobús. De un frenazo, empapó a dos o tres de los que estaban en la fila, entre ellos, él, y su maletín. ¡Los documentos! ¡Mierda! Maldijo al chofer mientras se acomodaba en el asiento de atrás para revisar en qué estado habían quedado...
Continúa en Pensamientos en Borrador
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